“Hay
que reconocer que nuestros tatarabuelos tenían un sentido justo y exacto de lo
artístico y lo bello. No hay más que ver los tesoros artísticos de hoy, en su
mayoría vulgaridades de hace trescientos o cuatrocientos años desenterradas. Me
pregunto si hay en verdad alguna belleza intrínseca en las viejas soperas,
jarras de cerveza y apagavelas que tanto apreciamos ahora o si su encanto
actual obedece tan solo a la aureola de antigüedad que los rodea. La ‘porcelana azul’ que hoy colgamos
para adornar las paredes eran utensilios de la vida cotidiana hace unos pocos
siglos, y los pastores sonrosados y las pastoras rubias que ahora enseñamos
orgullosos a nuestros amigos, que fingen apreciarlos como entendidos, eran
adornos sin valor que las madres del siglo XVIII habrían dado a chupar a sus
hijos si lloraban demasiado.
¿Ocurrirá
lo mismo en el futuro? ¿Acaso los tesoros del presente serán siempre las
baratijas del pasado? ¿Nuestras bandejas de té, con sus
dibujos chinescos, estarán dispuestas en fila sobre las chimeneas cuando llegue
o pase el año 2000? Esas tazas blancas de borde dorado con la hermosa flor de
oro (de especie desconocida) en el interior, que nuestras criadas rompen hoy
con tanta alegría, ¿serán cuidadosamente pegadas, exhibidas en un soporte y desempolvadas
solo por la señora de la casa?”.
Jerome K. Jerome